Homilía Misa Crismal

13 de Abril de 2017

 

MISA CRISMAL
Homilía del Sr. Obispo, Mons. Ciriaco Benavente Mateos
Santa Iglesia Catedral de Albacete
Miércoles, 12 de abril de 2017

Muy queridos hermanos sacerdotes, queridos hermanos y hermanas religiosas y
laicos:
Permitidme que, antes de nada, os agradezca a todos vuestra presencia. Es el Señor quien nos reúne. Él está aquí: “Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20) Reconocemos su rostro en el rostro de cada hermano o hermana. Estamos no dos o tres. Está presente aquí nuestra Iglesia diocesana: un abundante número de presbíteros y diáconos, un buen grupo de miembros de la vida consagrada y de seglares, y el obispo. Algunos habéis traído con vosotros a representantes de las comunidades parroquiales, de los movimientos apostólicos y de otros servicios diocesanos.¡Bienvenidos todos!. Es éste el día más señalado de nuestro presbiterio
diocesano, la expresión más fuerte y significativa de la comunión fraterna. Están con nosotros también algunos sacerdotes amigos que han venido a echarnos una mano en estos días en que se multiplican las tareas. Sabed que estáis entre hermanos, en vuestra casa.
Recordamos a los hermanos enfermos, a nuestros misioneros y misioneras, también a los hermanos que nos dejaron para ir a la casa del Padre: D Ireneo, D. Alberto, hermanos obispos muy queridos y, con ellos, al buen número de hermanos del presbiterio fallecidos en estos últimos años. Y, cómo no, también recordamos a los compañeros que pertenecieron al presbiterio y, luego, emprendieron otro camino. A todos les llevamos hoy en el corazón.
1.- Queridos hermanos presbíteros y diáconos: Hace unos días quisisteis uniros a mí acción de gracias por mis 25 años de ministerio episcopal. Nunca lo olvidaré. Permitidme que hoy dé yo gracias a Dios por vosotros y por vuestro ministerio:
Por cada rasgo de la entrega diaria de nuestro presbiterio: los muchos gestos de esfuerzo y aguante, la alegría en el servicio, el amor a la Iglesia Diocesana, el seguir con la mano en el arado, cuando el campo es duro y el viento pega fuerte. Dar gracias a Dios por vuestra disponibilidad, por las comunidades y grupos que de cerca acompañáis, por el proyecto de nuestra misión diocesana, por los seminaristas. Gracias, porque hoy, otro año más, venís por voluntad propia y con gozo manifiesto a «renovar el contrato», como me dice cada año con humor alguno de vosotros.
Damos gracias a Dios por los hermanos mayores, que habéis soportado
todos los climas de vuestra ya larga andadura pastoral, y ahí seguís en el tajo, dando testimonio de fidelidad y consistencia a los que viene detrás, en un tiempo de compromisos líquidos.
Personalmente, doy gracias a Dios también por vuestras manifestaciones de
afecto, por aceptarme con mis limitaciones, omisiones y errores para los que vuelvo a pedir sinceramente disculpas y perdón.
Hermanos seglares y hermanas religiosas: Es día de acción de gracias por
vuestros sacerdotes. Somos vuestros sacerdotes y soy vuestro obispo. Tenemos defectos, a veces no acertamos, en ocasiones hasta pueden darse entre nosotros, como se dieron en el grupo de “los Doce” traiciones y negaciones. Os aseguro que podéis dar muchas gracias a Dios por vuestros buenos sacerdotes. El Papa Francisco dijo, con su lenguaje tan expresivo, hace sólo o unos meses: “Los sacerdotes son como los aviones, sólo son noticia cuando caen”. Un avión estrellado llena las portadas de los periódicos, abre los telediarios,
colapsa los teletipos, está en primera línea en todas las redes sociales. Y sin embargo, sabemos que en este mismo momento hay unos once mil aviones volando, y que, a lo largo del día de hoy, se van a realizar unos 100.000 vuelos (Mons. Munilla).
Pedid hoy al Señor que los sacerdotes seamos aquello que decía el cura de
Ars: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.
2. Tras esta invitación a la acción de gracias, os invito a acercarnos a la escena
llena de luz de la sinagoga de Nazaret.
Abramos los ojos. A Jesús, después de treinta años de trabajo anónimo, lo vemos colocándose en la fila de los pecadores, “como uno de tantos”. Ungido por el
Espíritu - rey, sacerdote, profeta- el Espíritu le empujó al desierto: tiempo de oración intensa, de dureza y soledad, de tentaciones y fortalecimiento para que nada le desviara del camino del servicio humilde, del proyecto del Padre.
Del desierto Jesús volvió, de nuevo, a Galilea por la fuerza del mismo Espíritu, y un día llegó a Nazaret, donde se había criado. También aquel día fue protagonista el Espíritu. En la sinagoga de Nazaret Jesús hace su presentación, nos ofrece en pocas palabras la clave de su ministerio y la síntesis de su vida.
Se siente ungido por el Espíritu. Se sabe enviado, acompañado, impulsado por el Espíritu. Y su misión se reduce a dos tareas: Anunciar incansablemente la Buena
Noticia a los pobres y el año de gracia de Dios Padre. La segunda tarea va unida
inseparablemente a la primera, como consecuencia inmediata: liberar a los cautivos y oprimidos, abrir los ojos de los ciegos, fortalecer a los débiles, curar a los tullidos.
Ésta es nuestra admirable tarea. Nuestra misión no es, pues, el residuo de un
pasado que caduca, sino una apuesta de futuro. Somos anunciadores de la mejor noticia, la del amor misericordioso de Dios Padre, y somos servidores de la liberación de nuestros hermanos.
En la segunda Carta a los Corintios Pablo dice a la comunidad algo muy
hermoso: “No somos señores de vuestra fe, sino servidores de vuestra alegría” (2 Co. 1,24). El papa Benedicto escribió un libro precioso precisamente con este título: “Servidor de vuestra alegría” Son reflexiones que giran en torno a la misión sacerdotal; pero se dirigen no sólo a sacerdotes y religiosos, sino a todos cuantos desean configurar activamente su vida como cristianos. Así que todos: presbíteros, miembros de la vida consagrada y laicos somos servidores de la alegría de nuestros hermanos.
A cada uno de nosotros nos es licito repetir: «El Espíritu del Señor está sobre mí». Es una afirmación de fe y es un grito convencido de quien, a pesar de sus límites y pecados, se sabe, con humildad y sencillez, ungido por el Espíritu y enviado por Él.
Hermanos sacerdotes: Estamos ungidos. Hermanos y hermanas consagrados, hermanos laicos, estáis ungidos. Y nos esperan los pobres, los ciegos, los cautivos y aprisionados. Nos esperan nuestras parroquias, a veces sumidas en la inercia y la rutina, que necesitan el coraje del pastor que va delante, incansable, el testimonio del consagrado y el dinamismo del laico. Y no todo es tan malo; hay muchas “semillas del Verbo” esparcidas por ahí.
Esta misa se conoce como Misa Crismal. Recordáis aquella escena del
evangelio de Juan en que María rompe el vaso de alabastro para ungir a Jesús y 'la casa se llenó de perfume' (Jn.l2,3). Era como un símbolo de la humanidad de Cristo, el verdadero vaso de alabastro roto en la cruz para difundirnos su aliento vital como óleo de alegría desde su pecho abierto, manantial del Espíritu. De Cristo muerto y resucitado brotan los sacramentos de la Iglesia. Por eso hoy, junto al pan y el vino hay aceite abundante en las ánforas: Oleo para los enfermos, signo del Jesús que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos ('Hay en Galaad un bálsamo con capacidad de curar el alma herida'; dice un espiritual negro); óleo de los catecúmenos, signo del Jesús que fortalece; Santo Crisma, signo del Jesús que, por su Espíritu, nos consagra, santifica y libera. “Jesús había recibido la unción con óleo de alegría” decía Orígenes .Y, desde la cabeza, sigue diciendo, se expande la mancha de aceite por el cuerpo de la Iglesia hasta la orla del vestido, hasta donde la Iglesia toca el mundo.
Esta misma imagen se hacía oración en la colecta de la misa: 'Padre, que
has consagrado a tu único Hijo con la unción del Espíritu Santo, y lo has constituido Mesías y Señor, concédenos hacernos partícipes de su consagración y ser testigos en el mundo de su obra de salvación'.
Hermanos presbíteros: Vamos a renovar las promesas sacerdotales. Jesús
ahora no nos pregunta ni siquiera por el Plan pastoral. Nos pregunta ante todo, como a Pedro: “¿Me quieres?»” Hoy, ¿me quieres? ¿Quieres renovar nuestra relación de amistad, de confianza en mí, de confianza mutua, de fidelidad? ¿Me quieres?” Vale la pena venir con los hermanos a rehacer la alianza, a reavivar las ascuas encendidas del Espíritu que nos ungió.
No os olvidéis de llevaros los óleos. Cuidadlos con esmero. Son signos de la
presencia del Espíritu que sigue ungiendo a la Iglesia para que nuestras comunidades aspiren hondo el aire del Espíritu. Saludad de mi parte a vuestras parroquias.
Queridos hermanos seglares y queridas religiosas: Estos óleos os recuerdan
también vuestra vocación. El Espíritu os marcó y os unió a la comunidad creyente. Acoged a vuestros sacerdotes y con ellos haced fuerte el amor fraterno y la comunidad. Seamos todos, fraternalmente unidos por el mismo Espíritu, servidores y servidoras de la alegría de nuestros hermanos. Amen.

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