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Plan Diocesano de Pastoral 2007/2011

Mirada a la realidad

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Cualquier Proyecto evangelizador, también nuestro Plan de Pastoral, ha de tener en cuenta cómo es el hombre al que se dirige, cómo es la sociedad, cómo vive la Iglesia en ese momento, cómo somos los cristianos en general, etc. Nuestra breve mirada a la realidad quiere ser el punto de partida que aporte el realismo necesario para que el Plan de Pastoral arraigue en nuestra tierra albaceteña.

En estos últimos años ha aparecido un tipo de persona, que se caracteriza por la gran valoración que hace del trabajo, de los bienes de consumo, de la calidad de vida, del ocio y del tiempo libre, etc. Poco a poco la mentalidad urbana, con sus prisas y otro modo de ver las cosas, ha ido desplazando a la rural, aunque en nuestra provincia queden todavía numerosos núcleos rurales, cada vez más mermados en población, fundamentalmente de personas mayores, y en los que van surgiendo nuevas posibilidades para su desarrollo. Los centros de interés del hombre de hoy son múltiples y dispersos, las referencias al interior y a la trascendencia van disminuyendo, la escala de valores es otra. Todo esto se percibe en la valoración que hacen los españoles de las instituciones y en la confianza que le merecen los distintos estamentos profesionales.

Vivimos en un momento en el que la descristianización de la sociedad es un fenómeno creciente y, por lo tanto, el principal reto que tiene que afrontar el nuevo Plan de Pastoral: afecta a todos, de un modo especial a las generaciones jóvenes. Es un proceso de paganización de nuestras costumbres y modos de pensar, que va deteriorando día tras día instituciones tan significativas como la familia. Esto ha provocado también crisis en la Iglesia. De ser ella quien únicamente ofrecía sentido y consistencia a los valores de la sociedad, ha pasado a ser una más entre los grupos que ofrecen otros modelos culturales y de comportamiento.

Una de las causas de la descristianización es el sentido hedonista de la vida, que va orientando a marchas forzadas mentes y corazones hacia el laicismo, el relativismo moral y un modo concreto de vivir “como si Dios no existiera”. Se está construyendo una sociedad de tejas abajo, desprovista de las referencias y motivaciones en las que fuimos educados.

Se está produciendo un corte cultural. La cultura, que se va imponiendo, es un modo de entender la vida en el que la oferta cristiana no interesa a la gran mayoría de personas, que en su infancia acudieron a nuestras catequesis y frecuentaron nuestras iglesias.

Desde el punto de vista socioeconómico, nuestra sociedad se caracteriza por el fenómeno de la globalización con sus oasis de riqueza y de bienestar y con sus enormes bolsas de pobreza, de injusticia, de sufrimiento y de insolidaridad, aspectos de este mundo que estamos conociendo también por el fenómeno de la inmigración.

Esta realidad socio eclesial genera desorientación, pesimismo, cansancio, a agentes de pastoral ya sean sacerdotes, religiosas o laicos. Afecta además a la evangelización: la transmisión de la fe es débil, los cauces clásicos de transmisión de la fe han cambiado por otros que no logran consolidarse, las vocaciones y militancia cristiana han descendido notablemente, se confunden motivaciones religiosas y sociales.

No debemos olvidar tampoco la crítica que muchas personas hacen de la Iglesia, acusada de vivir del Evangelio o cuestionada por sus modos y maneras en temas que afectan a la vida cotidiana. Tales críticas han de provocar en nosotros un toque de atención y una llamada a la conversión en la parte de verdad que contengan.

En este momento la Diócesis encuentra dificultades para atender pastoralmente parroquias y comunidades, debido a la escasez de sacerdotes. Es un desafío al que tiene que responder también de algún modo el Plan de Pastoral.

En este contexto difícil brilla con luz propia la vida entregada y ejemplar de sacerdotes, de personas consagradas y de laicos comprometidos, también el testimonio de misioneros y la sensibilidad de creyentes que ayudan a los misioneros y al tercer mundo. Nos hemos acostumbrado al buen trabajo de personas e instituciones de Iglesia que con frecuencia merecen el reconocimiento de la sociedad por su presencia en el mundo de la marginación, de la defensa de los derechos humanos o de otras iniciativas de tipo cultural o social.

Nos encontramos con un nuevo tipo de persona, con sus inquietudes y deseos de progresar, con sus ambigüedades y contradicciones. Nos encontramos con una Iglesia mermada en recursos humanos y con sus inseguridades en el difícil campo de la evangelización, pero en la que vive y actúa el Espíritu y en la que está presente el Maestro como Camino, Verdad y Vida. Es nuestra Iglesia Diocesana la que, a través del Plan de Pastoral, nos hace la propuesta de “Vivir de la Eucaristía en una sociedad secularizada”.

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